Esperando Confirmación de Amistad

•13 octubre 2010 • Dejar un comentario

Podría decirse que con Clerks (Kevin Smith 1994)  se inició lo que podríamos llamar la nueva mitología del poder nerd. Jóvenes Prodigiosos (Curtis Hanson 2000), The Big Bang Theory (Chuck Lorre 2007) o Adventureland (Greg Mottola 2009) proponen un nuevo héroe adaptado al estado de ánimo de principios del S.XXI que se caracteriza por una capacidad intelectual superior y una absoluta estupidez para manejar las emociones. El Mark Zuckerberg de Fincher se erige como nuevo paradigma de héroe nerd, el más inteligente, complejo e intenso de cuántos se han escrito. Arrogante, poderoso, infantil, débil, genio. Esta absorbente personalidad guía el film a la velocidad a la que se mueve su cerebro. Un ritmo vertiginoso en el que los diálogos más brillantes y afilados se atropellan sin descanso.

Y no hay que confundirse pensando que la historia será una película sobre el impacto de las redes sociales informatizadas, sobre las violaciones de derechos o la posesión de datos personales. Eso la habría convertido en un telefilm aburridísimo. El entramado social al que nos remite el título es mucho más amplio que el propio Facebook y por lo tanto mucho más interesante.
Vertebrada en torno a las demandas que sus competidores y su mejor amigo interpusieron contra él, la película va tejiéndose en tres tiempos jugando siempre con la lealtad, la traición y la frustración amorosa. Porque básicamente La Red Social es una película sobre la incapacidad emocional; el protagonista de Fincher (como todos, de Seven a Benjamin Button) frustrado por una primera y genialísima escena en la que su novia lo acaba tildando de gilipollas, arranca de este sentimiento la potencia necesaria que más tarde desembocará en una empresa de 14.000 millones de dólares. Esa energía que surge de lo más profundo es la que como nos recuerda el autor de Zodiac, es el motor único y final de todas nuestras decisiones.
Así Facebook funciona como la excusa perfecta para desentramar las agonías internas de su millonario creador; para manifestar la quiebra de un sistema económico, de un sistema de valores (Sean Parker dinamitando las discográficas, el propio Zuckerberg acudiendo a las reuniones en pijama y chanclas).

Y cómo revela en su escena final, descubrimos que nada queda bajo nuestro control y que todo se reduce a una espera indefinida. Por esto quizá La Red Social se convierte en la visión más certera, la que abre los ángulos más propicios para observar el estado de ánimo de una sociedad que espera sin saber cuánto ha de hacerlo, de una generación sumida en la incertidumbre.

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Juegos de Niños

•22 enero 2010 • Dejar un comentario

Como el reverso oscuro de Peter Pan, The Sky Crawlers (Mamoru Oshii, 2008) crece en el mito edípico y en la fábula infantil cubriéndose de una capa de crisis posmodernas. Crisis de identidad, realidad y madurez.

Ver la obra de Oshii es observar la radiografía a una generación que ha crecido en la emulación de la violencia y la infantilización del individuo. En la película los protagonistas son los niños, o más específicamente los “kildren”, niños perdidos como en la historia de J.M. Barrie, a los que los adultos les han anulado la capacidad de crecer para poder utilizarlos como soldados, “¿Para personas que pueden morir en cualquier momento es necesario crecer?” reflexiona el protagonista. Las relaciones entre los mundos infantil y adulto son cuestionadas por Oshii. Los “kildren” tienen el carácter de un adolescente pero la experiencia de un adulto. Están endurecidos por la batalla e intelectual y moralmente se situan siempre por encima de los adultos, muchas veces más infantiles que los propios kildren. Acabando la primera década del siglo XXI las líneas entre los infantes y los adultos se van disipando cada vez más. La sociedad empuja a los niños cada vez más lejos de la inocencia y a los adultos más lejos de la madurez. Así los niños pasan a ser los soldados que protegen la integridad de los adultos en una guerra reducida a la máxima expresión práctica. Uno de los logros del film de Oshii es plantear el conflicto bélico de una manera visionaria llevando al extremo las tendencias de las sociedades actuales.

Así la guerra que describe el autor japonés es mundial y privatizada. Combaten dos grandes compañías contratadas por los dos contendientes multinacionales y combaten con cifras. Le reducción de las batallas a un nivel de esquema puro supone que las imágenes de televisión ya no son de bombardeos o combates, sino de diagramas animados que podrían pertenecer a un juego de tablero, la información solo se reduce a cifras de unidades eliminadas. La guerra desposeída de su nivel emocional y humano, desposeída del horror y vinculada al videojuego. Las emociones tardan en florecer en la película y surgen de problemas en principio ajenos a la guerra pero que tienen su origen en ella. El drama que sufren estos eternos infantes es doble, ya que aparte de la maldición de la infinita juventud viven la pesadilla de un eterno retorno, es decir. Que al morir son reemplazados por sí mismos una y otra vez, los nuevos kildren comparten la apariencia y la experiencia pero con distinto nombre y recuerdos.

En este punto de la historia, el relato de Oshii ha alcanzado una complejidad que ya se ha convertido en una de las señas del director. Porque para tratar de abarcar los problemas en los que consiste nuestra sociedad globalizada y el existencialismo de la virtualidad se hace necesario construir una película de matices inabarcables, una historia tan críptica como lo es la vida en la actualidad. Y es que Oshii consigue con este relato de pequeños adultos enfrentados en una guerra numérica que sintamos el abismo de lo que significa ser un niño en un mundo que no te deja serlo, que ya ha cambiado las reglas, donde no hay tiempo para juegos de niños.

Pretty Obama Woman

•22 enero 2010 • Dejar un comentario

Steven Soderbergh pertenece a esa raza de directores que caminan entre la independencia y el mainstream, o como sería quizá más correcto, que financian su independencia a través del mainstream. Orson Welles, John Cassavettes o Richard Linklater son algunos de los que han secundado este método. En este año el director, prolífico como pocos, ha realizado la pirueta de doble salto que supone estrenar dos películas, cada una desde un lado de la industria. La primera en ser estrenada ha sido El Soplón, una comedia política protagonizada por un Matt Damon para el que ya suenan las campanas de Oscar. La segunda (aún no estrenada en España) es un pequeño drama protagonizado por Sasha Grey, una joven estrella del  porno. Como ya es habitual en las pequeñas producciones de Soderbergh, es un ejercicio arriesgado en el que el director trata de explorar nuevas posibilidades para su puesta en escena. The Girlfriend Experience es un juego que en el que la cámara sirve de pequeña mirilla por la que espiamos  la relación entre Chelsea, una prostituta de lujo, y su novio, un entrenador personal. La aproximación madura e inteligente con la que el autor aborda el tema revela su complejidad y se aleja de los sensacionalismos o cursilerías que se acostumbran en las historias con puta, de hecho huye de mostrar cualquier escena de sexo pese a contar con una actriz porno para el papel. El marco social que propone el director para estos personajes se funde sin artificios con la historia de la pareja. En él Soderbergh nos muestra una galería de secundarios, clientes de Chelsea, que revelan las preocupaciones de una clase alta compuesta por empresarios dependientes de un sistema que se tambalea, la vida secreta del capitalismo americano, lo que hace un yuppie cuando se va de putas, que en definitiva no es más que otra extensión de su vida laboral. Esta voluntad de retrato social high class ayuda a comprender el estado de ánimo de un país a punto de volcarse, sacudido por la crisis y en plena campaña electoral Obama. Así el director estadounidense revisa Pretty Woman en clave de cambio, del espíritu del Yes We Can. La nueva novia de América ya no es Julia Roberts, es una estrella del porno.

God bless Soderbergh

God bless the U.S.A.

De Premios por Apellido

•22 enero 2010 • Dejar un comentario

No es fácil separarse de la sombra de tu padre cuando se llama David Lynch. No es de extrañar que viendo la película (como me ha pasado a mí) uno esperase ver algo, una huella de Lynch padre en alguna parte. Y si al principio, algún plano de una comisaría rural desierta acompañado de algún extraño zumbido puede recordar al maestro, según avanza la película se va convirtiendo en algo cada vez más convencional hasta llegar a un punto indiferencia bastante notable. No era un requisito rodar Cabeza Borradora de nuevo, pero si que hubiera agradecido algo de riesgo o una propuesta medianamente interesante. Nos encontramos ante la enésima revisitación de la serial killer movie, que parece que desde Zodiac no es capaz de darnos alguna alegría. Una estructura que divide la historia del crimen en varios puntos de vista y una pareja de agentes del F.B.I. que los escuchan todos. Lynch (hija) sabe mantener el suspense con oficio durante la hora y media el film y regala un giro final al uso en este tipo de películas. He de decir que por lo menos el giro entra bien, no irrita pero tampoco mata de la sorpresa. Lo único que me pregunto es ¿Qué le vio el jurado de Sitges 2008 para darle el premio a mejor película? Una mediocridad como esta competía con films mucho más interesantes como la sueca Déjame Entrar o la japonesa The Sky Crawlers.

In The Moon For Love

•22 enero 2010 • Dejar un comentario

Duncan Jones construye una fábula sobre la explotación obrera en el siglo XXII con la que trata de recuperar la tradición de la ciencia ficción “introspectiva” de 2001 una Odisea en el Espacio (Stanley Kubrick, 1968) pero sin jugar el misticismo de esta o la espiritualidad de Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972). Jones ve su reflejo en la imagen de Ridley Scott (no en vano ya ha anunciado que su segunda película seguirá la estela de Blade Runner), dos realizadores curtidos en publicidad y seducidos en sus inicios por la ciencia ficción en su vertiente más Dickiana. La diferencia principal entre los dos es que tanto Alien (Ridley Scott, 1979) como Blade Runner (Ridley Scott, 1982) suponen un viaje al interior de cuestiones fundamentales como son el miedo y la identidad, auténticas epopeyas humanistas cuya principal virtud reside en la capacidad de Scott para enriquecer la propuesta con su efectiva puesta en escena; una capacidad que por otro lado parece no estar al alcance del señor Jones. En Moon la fuerza de la dirección se disuelve sobre un guión que autoexplicado y reiterativo que desliza la potencia de la idea al cajón de lo fallido.

La imaginación va de capa caída en una película cuyo mayor mérito es el tour de force al que se ve sometido Sam Rockwell al tener que aguantar sobre sus hombros (cuatro en este caso) el pesado guión sobre que el que a duras penas trata de sostenerse en un cliché estirado durante una hora y media. En Moon, la encrucijada existencialista se queda en la anécdota y el perfil humano se dibuja inexacto, caprichoso e irreal (no me queda claro el perfil de poli bueno/poli malo en dos clones) donde la lógica del personaje es alterada por unas alucinaciones que le invaden sin explicación alguna. Aunque la idea de partida es buena y capaz de crear cierto interés y una reflexión acerca de los mecanismos del trabajo contemporáneos, está explotada de una manera pésima. La sensación es la de estar por delante del guión, simplemente esperando lo ya es evidente que va a ocurrir. La atmósfera de claustrofobia la juega un estilo de dirección plano que apuntando maneras de clasicismo desvela la información de una forma burda en la que la tensión o cuanto menos el entretenimiento pasan a último plano. Sí, existe una cierta atmósfera heredada de sus referencias más próximas que logra brillar en algunas secuencias, especialmente en los viajes lunares, pero que no llega tan hondo como para levantar lo que el resto de la película ha conseguido hundir.

Cabe reseñar el hecho que el film se haya hecho con cuatro premios grandes en el festival de cine de Sitges (Mejor Película, Actor, Guión y Diseño de Producción) deja otra vez en evidencia que pese a la interesante selección que se ve cada año en Sitges, acaba llevándose el reconocimiento lo mediocre, lo insustancial o lo que ha hecho el hijo de alguien famoso (el año pasado la hija de David Lynch, este año el hijo de David Bowie)

Si el empeño de Duncan Jones era rendir culto y homenaje a la ciencia ficción de corte existencial a la que profesa un amor profundo, quizá hubiera sido mejor que la dejara tal como está, que se hubiera quedado en su pequeño satélite escuchando Ziggy Stardust.

Animales Eternos

•22 enero 2010 • Dejar un comentario

Realizando un análisis superficial sobre los temas que se proponen de manera más obvia en el mediometraje salen a la luz reflexiones sobre el tiempo, la muerte, los recuerdos…  Esto se hace evidente desde el planteamiento formal de la película, la elección de la fotografía fija en blanco y negro para contar la historia no es casual. La Jetée es un film constituido de recuerdos, de imágenes del pasado; naturalezas muertas con las que Chris Marker nos explica su visión acerca del paso del tiempo y de la muerte.

El hombre anclado en una imagen de su pasado, a la que vuelve una y otra vez para escapar del fatal destino postnuclear , no es sino la representación profunda de la naturaleza humana.  El uso que toman los recuerdos como camino para evadir a la muerte, para huir de la pesada huella del tiempo, es la mentira de una falsa eternidad. Los animales del museo que visitan los dos protagonistas son “animales eternos”, por ellos jamás pasará el tiempo, pero es la muerte la que les ha hecho eternos. Una eternidad que se mantiene tan estática e inerte como las fotografías de Marker. Tras establecer la dimensión pretérita que significa la muerte habría que establecer el contrapunto de la vida. Esta dicotomía también se encuentra en el film y se lee claramente en el único momento con “vida” de los treinta minutos que ocupa el metraje. La fugaz y huidiza imagen en movimiento que nos evoca la idea de lo inmediato, de la vida como carpe diem, liberada de recuerdos pasados y de proyectos futuros, liberada por tantos de incertidumbres y miedos, liberada de la muerte. Así el protagonista halla en el amor esta despreocupación por el tiempo y se limita a vivir.  Pero la vida no es eterna y el castigo por habitar un presente es que existe un final  inevitable. El autor nos transmite esta idea en el momento en el que el protagonista asume que no habrá perdón para él y que sus carceleros acabarán ejecutándolo. Marker introduce un nuevo elemento y una nueva idea sobre el hombre y su relación con el tiempo hablándonos del futuro. Los hombres del futuro se convierten en la última esperanza del protagonista para escapar de la tragedia. La incertidumbre de los tiempos que vendrán surgen como vía de escape pero al fin y al cabo no son más que ilusiones de futuro y que por lo tanto remiten a lo que conocemos, a lo que guardamos en nuestra memoria y que tenemos congelado en nuestro interior, las imágenes muertas del pasado. Así este hombre regresa al consuelo del pasado deseando que ella aún le espere en aquel muelle del aeropuerto de Orly. Pero encontramos la inevitable realidad que surca y construye toda la reflexión. No se puede escapar del tiempo, el fatum de la literatura clásica es el destino trágico del héroe que al fin y al cabo es el trágico destino de toda la raza humana. Ser convertidos en recuerdos eternos, imágenes estáticas que guardan la muerte y que son recordadas por gente a la que le espera la misma suerte. La tragedia del tiempo y del “eterno retorno” los lugares comunes que representan el pasado y la muerte. Quizá resumiéndolo en pocas palabras podríamos estar hablando de que vivir en el pasado es querer escapar del tiempo y acabar convertido en un recuerdo como al que nos aferrábamos, frío, eterno y muerto.

Mutaciones

•22 enero 2010 • Dejar un comentario

La principal virtud de Distrito 9 ha sido la de descubrir al mundo el talento en ciernes que se esconde en el sudafricano Neill Blompkamp. Después de vivir de la publicidad y tras realizar algunos cortos interesantes, su salto al largometraje ha venido marcado por la construcción de un “film mutante” que resulta terriblemente interesante. Siguiendo la estela de los grandes del género con pretensiones sociales, el director sudafricano trata un tema de rabiosa vigencia como es la inmigración y el racismo desde la metáfora de lo fantástico. La película nos habla de dos pueblos incapaces de entenderse pero incapaces que convivir, y de un individuo que por azar está condenado a formar parte de las dos por culpa de una mutación, una mutación que le obligará a convertirse en alienígena. No es un argumento original, se puede tachar de manido, pero es seguro que en ninguna película se ha introducido con tal acierto. Y es que en Distrito 9 el cambio, la mutación del protagonista sucede a la vez que la mutación estética de la película. Si comienza desde el suelo, desde el apego absoluto a la realidad que representa el código documental que da testimonio de la situación del apartheid extraterrestre; acaba en el otro extremo, el de la acción virtual y la hiperrealidad  del videojuego (no en vano iba a ser Blompkamp el responsable de adaptar la obra maestra de Bungie, Halo) que acompaña la brutal caza del protagonista ya devenido en marciano. En esta segunda mitad de la película la velocidad aumenta exponencialmente y hasta la cámara adopta la postura first person shooter para acabar de apuntar la sensación de estar jugando a un Call of Duty. Lástima que estos interesantes hallazgos se ensombrezcan por una excesiva explotación de esa violencia virtualizada, ya que al introducir los códigos de la acción interactiva de forma demasiado literal no aguanta la imagen por si misma sin la interacción de un jugador; obviamente mirar un videojuego sin jugar es aburrido. Por lo tanto la traca final peca de estiramiento y acaba rebajando la expectativas.

De todas maneras el descubrimiento, la interacción y la mutación de estos lenguajes ya merecen elogiar el debut del autor sudafricano.