•1 Junio 2009 •
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Uno de los fenómenos más preocupantes que se han estado dando en el cine reciente español, avenido ya a un decadentismo sostenido por una Academia que ejerce de verdugo, cadalso y enterrador de las artes que pretender academificar (entendamos academificar cómo nuevo sinónimo de momificar), es el del con mayor o menor fortuna llamado “lameculos”. Si por algo ha llamado la atención el cine español en la última edición del festival de Cannes, no ha sido por los premios recibidos, sino por la pataleta infantil de nuestro magno, reconocido e imbatible genio, Pedro Almodóvar. Trece páginas de berrinche en su blog personal y una carta formal enviada a la redacción del periódico El País
han sido su reacción a la crítica y declaraciones del periodista Carlos Boyero. Para no perder tiempo reproduciendo los “dimes y diretes” que ambos personajes se traen, invito a revisar los documentos en los links que anexo al final.
Volviendo a la cuestión alarmante. El hecho de que sólo hubiera dos críticos en este país que se atrevieran a decir que Los Abrazos Rotos es una película mala y que esto suponga la mayor ofensa al periodismo, al ejercicio de la crítica y al director manchego es simplemente demencial. No quiero defender las formas y la personalidad macarra e insultante de Boyero, pero quiero hacer evidente el problema que supone que existan personajes intocables, personajes de una egolatría muy superior a la de sus cualidades artísticas que son el coletazo post-mortem de un cine anquilosado y anacrónico que ya no interesa a nadie. Esto es la lacra del cine español, el peso de las figuras muertas que arrastramos las nuevas generaciones que siguen siendo intocables y que no permiten mirar hacia delante. No quiero que el señor Almodóvar se lo tome como una ofensa contra su persona, no lo conozco y de todas formas, aunque fuera un “gilipollas”, ya nos ha enseñado Albert Serra que se puede hacer cine interesante siéndolo. La ofensa es contra su figura y su actitud cinematográfica, Los Abrazos Rotos podría haber sido una suerte de “Gran Torino Almodovariano” sirviendo como declaración de herencia y de paso libre y respetuoso a toda una nueva generación pero se queda en un relato onanístico ejercido por un ciego que solo puede emular lo que hacía cuando aún podía ver. No podía acabar esta reflexión sin citar al otro crítico que se ha atrevido (es asombrosamente triste que haya que hablar en términos de atrevimiento) a poner en duda la magnificencia del último film del Genio de la Mancha, así que termino con una advertencia del miembro de redacción de Cahiers du Cinema España, Jose Enrique Monterde. ” Y no se sorprendan si en alguna entrega de premios el señor Almodóvar se desnuca al resbalar con los charcos de saliva de los periodistas que van detrás”.
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Etiquetas: Abrazos Rotos, Almodóvar, Carlos Boyero, Monterde, Pedro
•18 Febrero 2009 •
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Si algo ha mostrado Ron Howard a lo largo de su carrera es que es capaz de construir filmes vacíos pero efectivos a la hora de convencer a la Academia de Hollywood, es por esto que su última obra, Frost/Nixon, me desconcierta. Howard acierta al acercarse a uno de los mayores escándalos de la democracia americana en su vertiente más circense, reflejando la política estatal en el entramado de las políticas televisivas y concluyendo ambas como industrias del espectáculo. Howard eleva su espectáculo a un circo de tres pistas. En la primera de ellas presenta a dos personajes desagradables, oscuros buscadores del reconocimiento mediático. Personajes caricatura, desdibujados y exagerados como en una tira cómica de sátira política se soportan sobre los actores (principalmente sobre un enorme Frank Langella). La búsqueda, la hazaña de estos personajes concurre en lo que será la segunda pista del circo, la pista central. Es el escenario en el que bailan los dos púgiles. El tratamiento que elige el director para la entrevista es el de un combate de boxeo. Hay ring, rounds, entrenador, preparador físico y victoria por K.O. En estas dos pistas se arma el corazón del espectáculo que ha de entretener durante dos horas a la fiel audiencia de Howard. Pero queda la tercera pista, secundaria y enigmática compone el elemento que convierte a esta película en, no una más dentro de la filmografía del director. La serie de entrevistas de apariencia documental que se van entrelazando en el armazón drámatico del film. Estas entrevistas, compuestas por todos los elementos por los que podemos rápidamente identificarlas como documentos reales, narrados por los mismos protagonistas que vivieron el último coletazo de Richard Nixon, tienen la peculiaridad de no ser entrevistas. Los supuestos enrtevistados son los mismos actores que dan vida a sus personajes en el film. De esta manera, Ron Howard mantiene un diálogo con sus personajes fuera de la acción dramática. Las caricaturas de esos periodistas y asesores reales son los que opinan sobre los hechos desde el futuro. En este punto caemos en que hemos sido engañados. Frank Langella y Michael Sheen no son Richard Nixon y David Frost, los asesores entrevistados no son más que actores y nosotros asistimos al enésimo espectáculo político de la democracia, no hace falta que los leones, el domador y los payasos sean de cartón si los auténticos También eran un fraude. Quizá es una reflexión más honesta e inteligente de lo que cabía esperar y quizá nadie lo sepa mejor que el propio Howard. Que la televisión es el circo de la política y la política de la televisión siempre ha sido la del circo.
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Etiquetas: David Frost, Frank Langella, Frost/Nixon, Michael Sheen, Richard Nixon, Ron Howard
•10 Febrero 2009 •
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Si me preguntaran que es aquello que eché en falta durante todo el visionado de Revolutionary Road diría que extraño la belleza. La belleza que el mismo Sam Mendes nos mostró una vez en 1999. American Beauty se encargaba de mostrarnos las miserias de todo aquel inmerso en un “American Way of Life” que ya sentimos como “Global Way of Life” y destapando que toda frustración y la imperfección de este mismo sistema está cargada de belleza. Frente a este planteamiento, Sam Mendes obliga a replantear o expuesto en 1999 y esta vez cargarlo de tragedia. Los sueños frustrados, la vida gris y los reproches de la vida marital se llenan de rabia y se nos niega la tregua del perdón, el amor o la belleza. En este mundo de hiperrealidad no hay lugar para nada más que el odio, el hastío y la apatía. No hay un solo atisbo de cualquier sentimiento positivo en la película de Mendes. Este gemelo oscuro de American Beauty engulle la bondad de sus personajes reduciéndola al breve momento (el único de respiro en toda la película) en el que se abre la pequeña esperanza de huir a París y que queda súbitamente negada. Ante tragedia de tales dimensiones no quedaría otra cosa más que rendirse y convertir la sala de cine en una reunión de plañideras desesperadas que se ahogan en la frustración de saber que no hay escapatoria posible al purgatorio de la vida gris, negada y alimentada por el odio, pero el propio Mendes me obliga esta vez a decir que no me rindo porque no me lo creo. Desde que los Wheeler se mudan a su fantástica casita de la calle Revolucionaria la credibilidad comienza a desmoronarse, la relación que se establece entre los dos personajes nunca está clara, no soy capaz de establecer los antecedentes, ¿Cuántos años llevan juntos? ¿Tienen hijos? ¿Qué rol asume cada uno en la relación? Mientras el espectador se encuentra en este estado de confusión las batallas, peleas y rifirrafes se suceden uno tras otro. La rabia y el desprecio desbordan cada plano agotando la potencia dramática de cualquiera de las secuencias. Los hijos que sirven de elemento de discusión son un elemento fantasmático que apenas aparece dibujado en la película y cuya presencia es tan vacua como lo son las tremendas discusiones de la pareja. Para aclarar tal estado de confusión se añade un personaje elocuente, un desequilibradamente cuerdo matemático capaz de indagar en los pensamientos de los protagonistas y que se encargará de verbalizar todos ellos para incomodidad de los presentes. Una vez llegado al inevitable e irremediablemente infausto desenlace la profundidad de calado del largometraje se reduce al asombro por el pulcro y esteta trabajo visual que acompaña a la rabia y el dolor. Sam Mendes ha tratado de mostrar la otra cara de la belleza, la fealdad del alma y la rudeza del amor y únicamente ha conseguido un diccionario de improperios con rúbrica de autor. Y es que la belleza no se reduce a un travelling circular, la belleza es la “paja” en la ducha por la mañana, es una bolsa de plástico volando al viento.
Escrito en Cine, Crítica
Etiquetas: American Beauty, Kate Winslet, Leo Dicaprio, Revolutionary Road, Sam Mendes
•7 Febrero 2009 •
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La última vez que supimos algo de David Fincher nos dejó con la sensación de haber encontrado un camino, uno que está quedando un poco olvidado como es el de la distancia crítica hacia un sistema que a pesar de todo es el que te da de comer. A medio camino entre el truco de manos de Big Fish y la historia americana resumida de Forrest Gump, Fincher decide alzar un mundo habitado por personajes infinitamente más reales que en estos dos cuentos de hadas, y lo que resulta más relevante, mata todas las hadas del cuento. El director evita la sucesión de anécdotas históricas para en vez de eso, narrar la evolución de un marco social condicionado por estos sucesos y utilizando, esta vez como herramienta esencial que apoya y hace posible esta historia los efectos especiales. Si Tim Burton se regocija en la extravagancia y el abuso de los efectos visuales para generar la espectacularidad de la que carecen sus historias, Fincher se dedica a colocarlos al frente y cargarlos del peso de la historia, infundiéndoles un sentido profundo. En palabras del propio autor: “Siempre salvaguardando el espíritu de que el efecto especial de la película era el efecto del tiempo sobre las personas. En primer plano y no en segundo plano, como a menudo es el caso”. Anclada en los más férreos esquemas del melodrama clásico esta historia trata de escaparse de los corsés del complejo industrial hollywoodiense para tocar simas más profundas capaces de causar remolinos en la superficie. Por esto el autor de Zodiac construye una fabula basada en la tragedia del que está condenado a la soledad, condicionado por el tiempo que le va robando todo lo que tiene hasta arrebatarle la conciencia de sí mismo. A través del épico viaje que nos propone Fincher descubrimos poco a poco que las circunstancias de aquel que navega a contracorriente en el flujo del tiempo no son tan excepcionales y que no importa el sentido en el que las recorras. Siempre lo recorrerás solo. De esta manera nos va invadiendo la sensación de que el drama que vive Benjamin deja de ser un “caso curioso” y que los 159 minutos que dura la película son un resumen de lo que nos espera a lo largo de toda nuestra vida
Escrito en Cine, Crítica
Etiquetas: Benjamin Button, Brad Pitt, Cate Blanchett, David Fincher